Siete minutos más

¿Es seguro? –dijo ella dubitativa entre el entregarse a sus emociones y descubrir quién es de verdad su vecino de unas calles mas abajo o no ponerle nombre a ese deseo que le ardia dentro y la impulsaba a querer cometer conmigo todas las locuras imaginables posibles. Era normal, estaba en una playa, a la vista de todos, con alguien que quería acariciarle su secreto más íntimo con una crema rara, es de locos, pero a veces la curiosidad no mata al gato, a veces la curiosidad hace que descubras partes que no te atreves a mostrarle a nadie, o que ni sabias que estaban ahí, eso engancha…y mucho.

Mi dedo corazón bajo por su cuello hacia el precioso valle de sus pechos, corone la montaña de la izquierda y puse mi lengua por bandera de su duro pezón, que entro en batalla con ella al grito de sus pequeños gemiditos contenidos, mientras mi mano seguía recorriendo kilómetros de su piel recreándome en su mojado paisaje. Su mordida de labios y sus ojos entrecerrados eran la bonita señal de que mi dedo corazón había llegado a las puertas de su playa particular, sus piernas se abrieron invitándome a entrar y mi dedo índice que portaba esa crema sacada del mismo infierno, tomo el relevo recorriendo con una extraña dulzura esa playa que se había abierto para mí, marcando el inicio de algo que más tarde se descontrolaría por completo.

Y así fue, la playa, el vino blanco, la cena y las ganas que nos teníamos hicieron el resto, las escaleras de mi piso se hacían interminables, mientras nos comíamos las ganas a miradas y se nos escapaban las manos al cuerpo del otro, al abrir la puerta, tuve que llevar mi dedo índice a sus húmedos labios para recordarle que no estábamos solos, mis padres estaban en casa y al lado de la habitación, pero no nos importaba, esa noche arderíamos en el infierno de nuestros deseos.

Cruzamos la puerta de la habitación que marco el punto de no retorno, la ropa se iba cayendo de nuestro cuerpo al ritmo marcado por nuestros calientes besos que no dejaban recoveco alguno de nuestros labios por estudiar, estos competían con nuestras manos por quien ponía más énfasis en satisfacer los deseos del otro hasta que el cuerpo de ella reposo en la cama y su mirada incito a cometer los siete pecados capitales con su cuerpo e incluso, durante los meses siguientes inventar algunos nuevos.

No, si os estáis preguntando si la cosa llego a algún sitio, la respuesta es no.

Puede que no sentáramos debidamente las bases de ese pequeño paraíso que se alzaba ante nosotros, que fuésemos nosotros mismos los que poníamos palos a las ruedas, o que ella tuviera tanto miedo de admitirlo como yo de sentirlo, puede que nos faltara valor y que ninguno de los dos se atreviera a cogerle la mano al otro y volar al país de nunca jamás. Quizás queríamos decirnos dos palabras, pero las veíamos tan grandes que salimos corriendo como dos niños pequeños, pensando que se está mejor recorriendo solos nuestros caminos, ya que no hay que rendir cuentas a nadie más que a uno mismo, lo cierto es que resulta más fácil, pero no es mejor.

Reafirme que la pasión descontrolada es una de las drogas más adictivas de este mundo, al menos para mí; allí estuve, al lado de una sonrisa preciosa, de esas que también lo son por dentro, aunque solo un loco querría aventurarse a descubrir que escondía detrás y yo soy el rey de los locos, rompimos todas las leyes que impiden reírse de todo, le demostramos al mundo (y a mis padres o vecinos) que podemos tener múltiples orgasmos a sus espaldas y que no nos busquen, que estamos fuera de cobertura, aunque tarde o temprano debemos contestar al móvil, lleva mucho tiempo sonando, el mundo y su rutina están al otro lado de la línea…
-Deberiamos contestar…o…
-¿Siete minutos más?

ByJG

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Me declaro fan incondicional de escribir, todavía no sé si para ti que lees este blog o para mí, ya lo descubriremos. Un brindis por las sabanas revueltas, por las cañas con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también), por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por las patatas bravas, por AC/DC, por los viajes improvisados y las cosas complicadas, por los polvos mañaneros y por el cigarrito de después.