La máscara de Judith. Parte 1

En épocas de trabajo en las que solo te inmiscuyes en tu rutina diaria y el único atisbo de tranquilidad que tienes es escribir un poco en algún bareto del Born o en alguna terraza cerca de la playa, tomo la sabia decisión de tirar el móvil y el portátil a la cama, coger mi chupa negra y largarme a tomar por culo, pero algunas veces voy a un encantador bar donde hacen sesiones de Open Mic, me pido una Woll Damm con unas aceitunas de regalo y disfruto.

Gracias a las sesiones de micro abierto, el músico, escritor, artista, poeta, persona con dos cubatas de más y un largo etcétera, puede subirse al escenario y expresar o decir lo que le dé la gana.

Ese día subieron un par de músicos realmente buenos (no tengo ni idea de música, pero se si algo me gusta o no), un chico con una voz genial que cantaba en un idioma sacado de alguna película de Star Wars que no pude averiguar qué demonios decía, cosa que la chica sentada a mi izquierda si por como escuchaba atenta cada palabra del artista, el segundo músico que me gusto fue una chica, cantaba en la lengua de cervantes! acompañada por su guitarra y una voz realmente preciosa, fue una gran sorpresa.

Cuando la noche llega a su punto álgido y por respeto al descanso de los vecinos (esas personas demacradas por lo que les hacen las grandes ciudades a los que viven en ellas), los músicos tienen el escenario vetado, una lástima, pero que se le va a hacer, su casa, sus normas.

Las cervezas, contenedoras de esa pequeña dosis de veneno que confundimos con gramos de confianza y la autoestima, hacen que te envalentones y salgas al escenario a decirle al mundo “¡EH! ¡Que estoy aquí y tengo algo que decirte!” (Sé qué queréis saber si salí a leer o explicar algo, la respuesta es no, estoy aquí para desconectar ¿recuerdas?).

Judith no pensó lo mismo, ella estaba allí para explicarle al mundo su historia, después de ingerir la cantidad suficiente de valor a 1,55 € la mediana, por fin se atrevió a subir y volvió escupir la mierda que era el mundo a sus ojos, como cada domingo.

Mientras ella se cagaba en el mundo por lo que le había hecho, yo pegaba un repaso a los poetas y escritores que habían pasado por el escenario en los últimos meses, donde me di cuenta de que, quitando a unos pocos, la mayoría solo escriben penas.

¡No me malinterpretes! Está bien desahogarte vomitando tu mierda en un papel cuando no te apetecen opiniones de nadie, pero encuentro ya un poco triste y de ser adicto a la autodestrucción, que cada semana tengas que hacerlo, no me creo que en una semana no haya habido nada divertido que contarle al mundo.

En algún momento de mis reflexiones, Judith bajo al escenario acompañada de un aplauso y un silencio enorme, se fue a una mesa alejada al fondo de la sala volviendo su mirada a la ventana que daba a la calle.

Mi cerveza estaba dando sus últimos coletazos de vida, así que fui a pedirme dos más, una para mí y otra para Judith.

Ha sido un discurso ejemplar, los has dejado sin habla. –le dije mientras le acercaba la cerveza por la mesa y con una sonrisa me sentaba.

Déjame tranquila. –sí, todo un amor de niña, tenéis toda la razón.

No aparentaba tener más de “veintipocos” años, por corona llevaba un moño hecho con prisas, completando el conjunto había una camiseta roja de una marca de cereales y unos tejanos rasgados del Berskha, su libreta de caratulas tan negras como su visión del mundo, descansaba sobre el borde de mesa y yo decidí jugármela de nuevo.

Muy considerada por tu parte, yo tengo que escuchar tus mierdas cada vez que subes al escenario cada maldito domingo y tú no puedes si quiera soltar un “Hola que tal, gracias por la birra”-sentencie en el tono más amigable que pude.

Nadie te obliga a escucharme imbécil. –no es la primera ni la última vez que me llaman imbécil.

Bueno, si subes al escenario tienes 15 minutos para decir lo que quieras, técnicamente tengo que soportarte durante ese tiempo me guste o no, por respeto claro está, estando aquí abajo es opcional si quiero escucharte o no. Así que dime, ¿en siete días no pasó nada que sea mínimamente divertido? ¡No sé, algo que te hiciera sonreír al menos una vez! ¡Llámame loco! –seguimos para bingo.

Tienes razón, escuchar aquí abajo es opcional. –y cogió la cerveza, se levantó de la mesa, no había ninguna puerta que cerrar, pero se podía notar en el aire el portazo invisible que dejo cuando se perdió entre la gente.

Vas listo si esperas que esa loca te preste un poco de atención si quiera. –esa voz era de Alex, un tipo simpático que más tarde descubrí que estaba enamorado de Judith.

ByJG

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Me declaro fan incondicional de escribir, todavía no sé si para ti que lees este blog o para mí, ya lo descubriremos. Un brindis por las sabanas revueltas, por las cañas con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también), por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por las patatas bravas, por AC/DC, por los viajes improvisados y las cosas complicadas, por los polvos mañaneros y por el cigarrito de después.