Snegurochka y su Navidad

Navidad, año nuevo, que maravillosa época del año, las calles se visten de llamativos Puticlubs de lujo con sus ostentosas luces de trineos, árboles de navidad y campanas con esa hoja que las acompaña que parece sacada de una planta de marihuana.

La gente se pone una nueva mascara que oculta su podrido interior para derrochar todo el falso amor y la simpatía que no regalan el resto del año, porque es navidad…y somos buenas personas.

Toca acordarse de la abuela, habrá que sortearse quién va a buscarla al asilo donde la dieron por enterrada hace mucho, toca acordarse de colapsar el Whatsapp, enviando infinitos al cuadrado mensajes (tan originales como el ir a pie) a los 1598 contactos de tus redes sociales (de los que te importan una mierda 1588), para desearles de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior para este año que entra.

Toca acordarse de ir al gimnasio, toca hacer eso que debías llevar a cabo el año pasado y, en definitiva, toca acordarse de todo lo que no te acuerdas el resto del año.

Si lo sé, me estaréis viendo como el famoso Grinch, ese bicho verde que odiaba la navidad, en parte es verdad, me cabrea esta época, la considero una de las mentiras más grandes de la humanidad, pero entre toda esa vorágine de mentiras, polvorones de canela y ferreros rocher, me quedo con un caramelo envuelto en un plumón largo y ajustado, con un gorro rojo pasión que resaltaba su blanca carita de porcelana y llamado Ivanna.

La conocí en Barcelona, gracias una amiga en común, estaba de paso por aquí y volvía a su país este mismo mes de diciembre, me sorprendió lo bien que se defendía en castellano, aunque su acento ruso la delataba y yo no podía controlar la risa o las pullitas inocentes, ahí descubrí la buena pegada que tenía Ivanna, que, aunque desbordando simpatía sabia dar en el punto justo donde dejarte un pequeño y precioso morado.

La cosa se terció para dar una vuelta por esas iluminadas calles de la ciudad condal y mostrarle un poco la urbe y su circo navideño, así que le ofrecí el brazo, ella se cogió y nos fuimos a ver que deparaba la tarde.

La conversación fluyo todo el camino, tanto que las luces que más me gustaban mirar eran sus claros y expresivos ojos azul cielo explicando que tanto amaba ella la navidad, que aquí se celebraban como con más intensidad, puesto que Rusia es un país laico, la principal fiesta que tienen es la de año nuevo, aunque también se celebra la llegada de Santa Claus, que allí se llama Ded Moroz (tiene nombre de chupito de aquellos duros que te pegan una buena hostia en el hígado ¿a que sí?). Algo que me llamo la atención es que allí su señor gordo de rojo, si, también va en trineo, pero no tirado por renos, si no por caballos blancos como la nieve y no entra por la chimenea, este entra por la puerta, ¡todo un señor oye! Ademas viene a visitarte con su nieta, Snegurochka, que viene a significar Nieves o Nievecita, ya que es una muñeca de nieve por lo que entendí.

Si, Ivanna estaba enamorada de la navidad y yo, por el contrario, la detestaba, el espíritu navideño ese me había gastado una muy buena broma, tenía que reconocérselo.

Conocía un acogedor lugar donde hacer una parada técnica para calentarnos un poco y comernos un delicioso pastel de mandarinas. Ella se sorprendió muchísimo al ver el pastel, y yo no entendía porque, era un simple pastel.

¡No me lo puede creer! ¡Lo tenías planeado! –exclamo ella en su encantador castellano.

¿Planeado? (¿Qué hiciste esta vez? ¿Qué demonios le respondo yo?) ¡Claro, hasta el último detalle! Todo fue hace tres meses, sabía que nos encontraríamos aquí de casualidad, que nos presentaría una amiga, que luego iríamos a dar una vuelta y que te robaré un beso en tu idioma (que por cierto se escribe поцелуй y se pronuncia potseluy), se me escapo el detalle del gorro, tenía planeado que fueras con unas orejas de leopardo, pero bueno, salió bien el plan en general.

Entre risas, ella me explico que, en Rusia, la navidad sabe a mandarinas, debido a que para ellos era una fruta muy exótica que solo se vendían en invierno e Ivanna era adicta a las mandarinas. Si ella no daba crédito, yo aún menos.

Vaya, así que era por eso, me pillaste, se nota que eres una espía rusa de las de la élite, ¡no se te escapa una! –le dije con tono burlón.

¡Vamos! Dímelo, no me creo que haya sido suerte, ¡Es muy fuerte! –no fue exactamente lo que dijo, pero si un resumen, imagínate ese caramelito de niña, hablando su tan bonito estilo de la lengua de cervantes y con la boca llena de pastel de mandarinas.

Acerque mi dedo pulgar hacia los trocitos del pastel que se agarraban a su comisura para poder ver si lograban morir en esos labios finos y delicados, entonces ella entrecerró su boca por un momento, por primera vez sus mejillas y su gorro coincidieron en ese color rojo intenso.

Me relamí el pulgar y mis labios después, saboreando lo que quedaba de esos trocitos de pastel, ella rápidamente aparto la mirada y dirigió un cachete tonto hacia mi impulsado por su tierna vergüenza y una bonita sonrisa coquetona.

Decidimos que era el momento de seguir paseando por la ciudad condal, vimos una iluminada panorámica desde el mirador del Carmel, donde Ivanna descubrió que las luces más bonitas de la ciudad no se ven a pie de calle, fuimos a callar el hambre a cualquier sitio, y seguían corriendo las risas, la buena conversa y algún que otro capón que me gane por meterme con ella y su interpretación del castellano.

No sé en qué momento me di cuenta que nuestras manos se habían cogido en el bolsillo derecho de mi chaqueta, pero creo que fue hace bastantes horas, tampoco sé a quién debo echarle la culpa, si a mí mismo, a la amiga que nos presentó o a ese espíritu de la navidad en forma de mujer llamado Ivanna que apareció estas Navidades.

Se detuvo el tiempo, el frío, los villancicos y las únicas luces que para mí seguían encendidas en ese momento eran los ojos de ella, sus manos se asentaron en mi torso y yo podía escuchar como prácticamente su corazón le martilleaba el pecho, convirtiéndose en el más bonito villancico que escuche esa noche, mi mano se acercó lentamente por su mejilla apartándole su suave pelo, ella se inclinó hacia mi dejando sus menudos labios a escasos milímetros de los míos, sus ojos se cerraron y casi pude sentir como le cosquilleaban las zonas que recorrían mis dedos, yo cerré los ojos y recorrí los escasos suspiros que separaban nuestros labios, los cuales por fin se encontraron y pude saborear sus besos sabor a mandarina, convirtiéndonos así en otra luz más de esa iluminada ciudad.

Fue uno de los besos más bonitos que recuerdo, alejándonos escasos centímetros lentamente mientras nuestros ojos se contaban miradas entre ellos y nuestras bocas suplicaban por una nueva dosis de ese dulce navideño que acabábamos de saborear, y a ella se les escapo una sonrisa…

¿Qué me perdí? –le pregunté devolviéndole la sonrisa.

Ivanna señalo en dirección al cielo, para ver que estábamos debajo de un balcón tradicional y vetusto con una rama de muérdago colgando tímidamente.

Ella no pudo contener sus carcajadas al ver como mi cara dibujaba una divertida mueca de incredulidad al observar la planta supuestamente mágica, será por el muérdago, por el maldito frío, porque simplemente salió así pensé…o puede que fuese el espíritu navideño que me contagio esa mujer, pero he de reconocerle que ha sido un tiempo precioso y que quizá hasta haya cambiado mi manera de ver estas fechas.

Buen viaje de vuelta Snegurochka.

ByJG

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Me declaro fan incondicional de escribir, todavía no sé si para ti que lees este blog o para mí, ya lo descubriremos. Un brindis por las sabanas revueltas, por las cañas con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también), por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por las patatas bravas, por AC/DC, por los viajes improvisados y las cosas complicadas, por los polvos mañaneros y por el cigarrito de después.