La historia de Lara

Durante una semana de esas que tienes tanto trabajo que apenas puedes dedicarle un saludo a tu reflejo en el espejo por las mañanas, el sábado por la mañana haces treinta y ocho planes para la noche y después de cenar empieza el pulso entre el sueño y tus ganas de volver a ver mundo exterior fuera de la prisión mundanamente conocida como “el despacho”.

Como era de esperar vence el sueño, cayendo en un placentero letargo que te lleva al domingo al medio día, despertándome una voz familiar que me recuerda que ya es la hora de comer.

Necesitaba socializar un poco, así que la tarde del domingo me dirigí a la ciudad, a un local que tenía ganas de probar hace tiempo, me pedí un Daiquiri de fresa y a los cinco minutos llego el cóctel y un mensaje de Lara a mi móvil.

Resulta que ella llevaba una semana similar y como hacía tiempo que no nos veíamos, fue la excusa perfecta para explicarnos las novedades en nuestra vida, algo que cuando ella estaba por aquí solíamos hacer bastante, pero desde que se marchó a Estados Unidos, lógicamente, perdimos. Siempre hubo algo de Lara que despertaba mi interés, aunque nunca supe adivinar qué y mientras me perdía en mis pensamientos, apareció por la puerta con su larga melena ondeando al ritmo de sus convencidos pasos, tenía la misma sonrisa de niña de siempre, cálida y acogedora, no podía evitarlo, la seguía viendo como mi hermanita pequeña y supongo que por eso nunca había pasado nada más que un par de besos robados a traición por su parte.

Había un grupo que tocaba algún tipo de música, no sabía bien deciros que tipo de ritmo o canción era, ya que hacía tres copas que habíamos empezado nuestro propio concierto, sus manos empezaban a estar inquietas encima de la mesa, dibujando en cada intento nuevos caminos para esquivar la carreta de obstáculos y llegar a mis manos. La poción del amor entregada en forma de cóctel estaba haciendo su efecto y si nos quedábamos allí un minuto más, no sé de qué sería capaz Lara, estaba loca y yo sinceramente lo disfrutaba.

Nuestros pies y nuestras ganas nos llevaron a mover el cuerpo donde poner en práctica sus recientes clases de bachata, en la introducción de la canción su mano derecha reposo en mi pecho y su mano izquierda recorrió mi cabeza hasta sentarse en mi espalda, empezó el baile, los nudos de brazos, las ondas, las contra ondas y a cada paso nuestros labios quedaban más cerca, como una tortura macabra donde la inercia de los pasos jugaba con nuestras ganas y en una doble vuelta a la izquierda la canción termino dejándonos a un suspiro de distancia, mi mano acarició su mejilla apartándole el pelo, sus labios se entreabrieron y…se me escapo un beso, para cuando quise darme cuenta, ya llevamos media canción siguiente.

Te vienes a dormir a casa. –dijo ella clavándome su mirada.

¿Es una orden? –pregunté.

Si. –contesto cogiéndome la mano y poniendo rumbo hacia el coche.

Sería una pena no cumplir esa orden, no me lo perdonaría jamás.

Le abrí la puerta del coche y me regalo una sonrisa con beso sabor a rico mojito, de camino a su casa me di cuenta de que esta vez había caído en su trampa, que la niña risueña de sonrisa cálida se me estaba haciendo mayor y… se había quedado dormida en el asiento del copiloto.

Se me escapo una carcajada que tuve que contener para no despertarla, después de todo, ella llevaba una semana difícil, había dormido poco y bebido bastante, así que el cansancio le ganó el pulso, la subí en brazos a su piso (que por suerte era un primero), la desnude con sumo cuidado y le puse su pijama de lacitos, la tumbe en la cama, me puse a su lado y nos tape con el nórdico, ella se pegó a mí en el acto descansando su cabeza junto a mi pecho y me intento decir algo que no entendí ni una sola palabra. Le di un beso en la frente y caímos dormidos los dos.

A la mañana siguiente Larita, solo tenía resaca y ganas de sexo, allí estaba de pie, en un tanga de la Hello Kitty y con la calefacción a niveles del mismísimo infierno, pero no quise hacer nada con ella, ya que al verla ahí prácticamente desnuda, al fin pude descubrir que era lo que me atraía de esa niña y es precisamente eso, que seguía siendo mi niña, que aún tenía el corazón sin corromper, sin un rasguño, tenía una carita esculpida por la inocencia y una mirada tan expresiva que podías leer sus pensamientos con solo prestarle un poco de atención a sus grandes ojos, su cuerpo de 24 años eran 24 dieces en todas las modalidades posibles de deportes, los hombres deben hacer cola para estar con ella, ¿Cómo es posible que siga con su corazón intacto?

La explicación me fue clara como el agua entonces, era mi maldita culpa, ella esperaba por mí, que aunque ya habíamos dejado claro que jamás sería nada de ella, más que su amigo, su corazón no supo aceptarlo y siguió intentándolo, por eso ningún hombre podía entrar en él, estaba ocupado por mí y yo, necio, tampoco me aleje, ya que estaba a gusto con ella.

Tome la decisión de alejarme de ella, prefería partirle yo el corazón, a que se lo rompa un idiota como yo pero sin ningún miramiento, me dolió decirle todo lo que le dije, ella lloro un tiempo y volvió a Estados Unidos, yo bebí unas cuantas noches en los labios de algunas chicas y seguí mi vida.

Ahora Larita tiene casi 27 años, está hecha un trozo de mujer, tanto por fuera como por dentro, yo la sigo viendo como mi dulce niña de sonrisa cálida e inocente, hace poco tomamos un café y me presento a su novio, Michael, un chico de EEUU, tuve la oportunidad de conocerlo durante una tarde y hacen muy buena pareja, estuvimos tomando unas cervezas por el Borne de Barcelona, explicándonos la vida hasta que llego la hermana de Michael, Arianna.

Arianna, ¡joder con Arianna!

Pero esa es una historia que ya os contare otro día. 😉

ByJG

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Me declaro fan incondicional de escribir, todavía no sé si para ti que lees este blog o para mí, ya lo descubriremos. Un brindis por las sabanas revueltas, por las cañas con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también), por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por las patatas bravas, por AC/DC, por los viajes improvisados y las cosas complicadas, por los polvos mañaneros y por el cigarrito de después.