La risa de Carmina

No buscas nada serio con nadie, tú lo sabes, ella lo sabe, todo el mundo parece saberlo y entenderlo, pero no sabes cómo y estas cenando en su casa con sus padres, en una mesa con más miradas y cruces de piernas erróneos de las que te gustaría.
Es un momento incomodo, ambos solo queríamos un polvo…

¿Qué demonios hacíamos allí? ¿De quién fue la maldita idea?

Antes de que puedas atar cabos y responder la pregunta, una mirada inquisidora del rey del castillo te devuelve a la mesa, donde te das cuenta que no eres el único que esta incomodo, que la reina te mira intentando descubrir porque estás ahí sentado, lógicamente, para proteger a su princesa y que la pobre abuela Carmina no puede comer dulces.

La princesa pone su mano en mi muslo derecho, no sé si para calmarse ella, calmarme yo o ambos, de todos modos, ese fue el pistoletazo de salida para el interrogatorio al chico nuevo de la mesa.

Trabajo, aspiraciones, miedos, deportes, equipo, hasta que el vino blanco hizo su efecto y pude escaparme al lavabo, Ah! Esos seres tan increíbles que son los padres, como protegen a sus hijos de los peligros del mundo dándole la libertad para meter la polla donde les dé la real gana, ganándose el título de machotes y a las hijas las protegen con bragas de castidad tirando la llave al mar más profundo, que primario sigue siendo el hombre pese a vanagloriarse continuamente de lo avanzado que esta el ser humano. Supongo que por eso me gustan tanto las mujeres, nos llevan muchos años de ventaja.

¡Perdona no sabía que estabas aquí dentro hijo! Esperare fuera. –dijo la abuela Carmina mientras interrumpió mis pensamientos y mis evacuaciones (¿Qué? En mi casa no ponemos pestillo para ir al baño, graciosas manías heredadas).

Al salir repare realmente en la expresividad de la cara de Carmina, es ese tipo de anciana achuchable que trasmite carencia de maldad alguna y atesora un conocimiento ilimitado pero que por extraño que parezca a nadie parece importarle, solo a su nieta.

¿Es seguro entrar ahí hijo? –me dijo mirándome con el semblante más serio que había visto ese día y en esa mesa.

Huya Carmina sálvese usted, ahí dentro está todo perdido. –y le devolví la mirada lo mejor y lo mas serio que pude.

De golpe empezamos a reírnos los dos a pura carcajada limpia, tanto que vinieron algunos comensales a ver quién había roto con risas el interrogatorio, encontrándose con la abuela Carmina intentando aguantarse los dientes para que no salieran volando de la risa y a un servidor parado de pie disfrutando de la locura compartida con la anciana.

La cena prosiguió, con el debate del motivo de la risa de Carmina, haciendo más amena y menos incomoda la cena, la abuela había conseguido sin querer que aquello resultara menos incómodo para todos. La noche desenfrenada llamaba a la puerta de la princesa del castillo y el loco caballero aquí presente, debíamos partir en busca de nuestra aventura, me despedí de todos los comensales, pero recordare siempre con cariño las palabras que me dijo la abuela Carmina.

Que lástima que solo quieras festejar con mi nieta, hijo, pasarlo bien”.

Tarde bastante tiempo en entender sus palabras, y aún más tiempo en sacarme el sombrero ante aquella señora, un brindis por tu paciencia y dos por tu sabiduría abuela Carmina.

ByJG

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Me declaro fan incondicional de escribir, todavía no sé si para ti que lees este blog o para mí, ya lo descubriremos. Un brindis por las sabanas revueltas, por las cañas con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también), por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por las patatas bravas, por AC/DC, por los viajes improvisados y las cosas complicadas, por los polvos mañaneros y por el cigarrito de después.

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