Mentiras

A la mañana siguiente de un cóctel moribundo que al final del vaso escondía sexo desenfrenado enterrado por la culpabilidad y una relación tormentosamente aburrida, ella miro la puerta por donde yo estaba abandonando ese apartamento testigo de un delicioso pecado, su mirada suplicaba una mejor explicación para lo que jamás contarían aquellas paredes y no la encontraba.

No puedo evitar sentirme como una mierda. –dijo ella con la intención de retenerme a riesgo de enfrentarse a mi respuesta, pero para su sorpresa, no tuvo ninguna.

Sé que lo hablamos ayer y me avisaste, sé qué no deberíamos haber follado, se que…  –y la corté.

Sabes tantas cosas que al sexo le dan igual, lo único que va a pasar es que tus ganas vuelvan a ganarle el pulso a tus remordimientos y nos volvamos a imantar como dos colegiales que acaban de redescubrir la cama –contesté mientras ella, emocionalmente traicionada por su libido reprimido, asentía observando cómo me perdía hacia la salida, al supuestamente cuerdo mundo exterior.

Pude notar su mirada clavada en mi espalda, incluso después de cerrar la puerta. ¡Madre mía si éstas matasen!

Pero fue su error, no el mío, me creí su mentira y me robó un buen polvo, no me quejo para nada, hace mucho tiempo que probé las mieles del sexo infiel reprimido (no, no era yo el que los ponía, no malpensemos, prometo contaros esa historia algún día), es una sensación tan descomunal de inmersión en el descontrol de los instintos más básicos que realmente puede engancharte, aunque la culpa y los remordimientos son proporcionales a lo tan jodidamente bueno que haya sido el sexo.

(Lamentablemente, intentó iniciar algunas frases)

No voy a quedarme a hacerle de psicólogo a su decisión, es lo que tiene la mentira, es explosiva, seductora y conductora de emociones a flor de piel esporádicas que desembocan en tus mas ocultos deseos, pero se pagan demasiado caras y si realmente puedes vivir con ellas lo admiro, es algo que yo jamás podré.

Creo sinceramente que tienes la prueba que venías buscando noches atrás, solo que de todas las maneras que había de conseguirla elegiste, al menos, la más rápida sin duda, así que suerte. –sentencié para irme.

Y nos perdimos, ella en su laberinto de excusas bien tramadas para justificarse más tarde con el amor de su vida y yo por unos ojos azules que se me cruzaron por las calles de Barcelona.

Me llamo Jack Gable y quiero proponer un brindis por esas sabanas revueltas, por las cañas de ayer con amigos, por las miradas de reojo (y de las otras también) en aquella barra del bar, por los álbumes de fotos que se hacen con los ojos, por esas riquisimas patatas bravas, por AC/DC, por esos viajes improvisados y las cosas complicadas, por esos curativos polvos mañaneros y por ese cigarrito de después.